jueves, 4 de agosto de 2016
La mirada abajo
Cuando era niño, mi padre me trajo una bicicleta con rodachines desde Caucasia -toda una sorpresa para un niño en un barrio violento, como era el mío -, color roja y del tamaño adecuado para un niño de 6 u 7 años. Al principio como mi padre debía trabajar y así también mi madre, mi abuela no poseía fuerza y no tenía hermanos mayores ni menores, sólo conducía la bici dentro de la casa de mi abuela que tenía un ancho y largo corredor; iba y volvía nada más. Un día mi padre, pudo comenzar mi breve curso de manejo en bicicleta, salimos a la cuadra de la casa donde vivíamos y ahí me subió primero con los rodachines para probar mi pedaleo y, en cierta medida, mi control sobre la cicla. Con una llave del número 12, tal vez, estaba ya desaflojando la primera rueda de asistencia con la decisión de obligarme a enfrentarme a ese primer zambullon de realidad que uno, al menos en mi caso, recibe como herencia infalible para la posterior comprensión de lo que significa la vida: probar con rodachines y luego quitarlos para andar con libertad hasta que el horizonte nos devuelva al punto en que empezamos. Cuando ambas ya estaban tiradas a un lado de la acera, sosteniendola de forma lateral mi padre me invita con su mirada a subirme a esa cicla nueva; estupefacto y bastante ansioso, yo, un pequeño niño terco, me enfoque nada más en el hecho de poder hacer finalmente el primer viaje en bici, con total libertad y por la calle, nada menos que en la calle. La bici nueva y yo bastante expectante, mi padre se gastó un tiempo explicandome que el freno, el manubrio, la dirección y todas esas cosas básicas que yo absorto por la adrenalina de empezar ignoré. Al principio él se iba conmigo y me seguía y me soltaba a veces, para probar el equilibrio sin rodachines, pero no me desamparaba. Luego de un rato, supongo que se hizo con más confianza y decidió soltarme, a lo lejos, gritaba "Mira al frente, siempre mirando al frente" y yo, bueno, no escuchaba, sólo miraba como la maquina compleja de una bici, tan simple, tan bella, de diseño tan sencillo, pero tremendo descubrimiento, ahí comenzaba mi proceso también complejo de independización con el mundo, con las aceras, los buses, los carros, con todo, iba en una cicla, mi cicla. Miraba para abajo, como mis pies en movimientos circulares perfectos que producían avance subían y bajaban, en el fondo tal vez el eco de la voz de mi padre con sus advertencias tan verídicas sonaba y se ahogaba en lo profundo del lago de dinamitaciones mentales que poseía por verme y saberme capaz de andar en cicla, y seguro, seguro, seguro, si la voz de mi padre no hubiera sido un simple eco fundido, entonces no habría chocado ese hombre ciego, debí escuchar.
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¡ Que manera tan espectacular de empoderar la palabra escucha en una experiencia!
ResponderEliminarQueda totalmente claro que cuando nos enfrascamos en nuestro propio pensamiento nos va a ser difícil escuchar, de pequeños chocábamos con cosas, o en tu caso con personas al no escuchar, pero ahora tenemos un gran problema y es que si no escuchamos es la vida misma quien nos abre los oídos y mejor dicho es la vida quien nos quita la terquedad de no escuchar.
Los relatos, creo yo, son la mejor manera de expresar estas cuatro palabras, ya que la experiencia misma es la encargada de aferrarnos y enseñarnos lo que significa cada una. Excelente tu texto, me gustó y lo más importante, lo disfruté.
Atentamente: Estefany Posada