lunes, 19 de septiembre de 2016

Las manos: los ojos del alma.

Cerré los ojos y empezaron a narrar historias divertidas, el corazón se adaptó al ritmo pausado de la lectura con sentimiento de esas cinco personas sentadas en una mesa, con unos folletos encima donde pasaban de forma constante sus manos, en la medida que miraban ensimismados al techo y parpadeaban poco. Uno de ellos tenía gafas y siempre miraba al frente. Lo único que no se detenía eran sus manos: los cinco pares de manos se movían como coordinadas de izquierda a derecha, posando las falanges de forma a veces detenida o como un automóvil cruzando en la luz amarilla, esas personas nunca miraban al papel. La vida me mostró, que leer no es un asunto solamente de querer viajar y conocer, los libros son un  asunto del alma, por eso, uno no necesita un par del ojos para leer, uno sólo necesita justa y nada más que eso de lo que nadie, en cualquiera que sea su condición carece: alma.

Instrucciones para suicidarse

Primero, evite las despedidas, no invite a nadie a conocer su intención. Observe dentro de su habitación si posee objetos como: navajas, tenedores, cuerdas, píldoras o medicamentos viejos, productos de limpieza o alguna clase de elemento que pueda acabar con su vida. Escoja cualquier objeto y a continuación plantee la siguiente pregunta: ¿Por qué la vida me odia? Llore de ser necesario y observe de forma melancólica los retratos familiares donde sí era feliz. Encierrece en su cuarto y busque una hoja de papel y lápiz, escriba alguna excusa vacía donde explica por qué decidió acabar con su vida y deje la nota en un lugar visible. No hable con Dios, si su objetivo real es morir, él intentará disuadirlo. De acuerdo a la técnica escogida, ejecutela, pronto. Rápido y sin vuelta atrás.

Piénselo dos veces.

Bueno, ¿realmente es para tanto? ¿Por qué no busca ayuda?

¿Acaso no sería bueno una última comida? No sé, como los presos condenados a muerte que les permiten tener una última gran comida, ¿algún último deseo?

Arrepiéntase

Si ya llegó hasta aquí, debe aceptar o al menos considerar que usted no tiene determinación, usted de forma seria, es un cobarde. Carece del poder decidir incluso la resolución de su muerte y ahora puede también dudar de su verdadera utilidad en el mundo, ¿ha pensado usted en suicidarse?

Palabras sobrantes

Ella todos los días me decía que me quería, eso era impresionante o bueno, al menos al principio que me parecía una absoluta novedad, pues el brillo de sus ojos puesto sobre la mirada perdida de un joven que intentaba descubrir las voluntades del mundo, realmente me convencieron. El asunto es que precisamente por ser un tanto joven, y no es que ahora este viejo, sólo por ese entonces no entendía el valor justo de la contraposición de las palabras, es decir, el valor de las acciones. Digo contraposición porque realmente, de un verbo a la acción del mismo, sí se debe atravesar un río caudaloso o un simple y seguro puente; todo depende de qué tanto problema requiera en su vida cada persona. El asunto es que me decía tanto lo mismo, que aunque nunca perdió su belleza simbólica, realmente la expresión comenzó a convertirse en una especie de  costumbre que aburría, y era triste, porque el brillo en sus ojos seguía ahí, convirtiendo todo en felicidad. No estoy en desacuerdo con la expresión de los sentimientos, justamente ellos han llevado a grandes maestros a componer bajo el imperio del amor o del odio, las más excelsas piezas de música, pintura, poesía, etc, y a lo que voy es que, ellos no se la pasaron hablando de más sobre lo que sentían, ellos lo accionaron y aunque ella no está más para decirme más que me quiere, y está bien, todo tiene su ciclo, hasta las palabras que van desapareciendo, van mudando de letras, se van transformando pero aún así, a veces la gente consigue que las palabras sobren.

El silencio de los puntos

De todas las cosas de las que me arrepiento, empiezo por aquellas que realmente no escribí. Cosas que debí haber plasmado en el papel y tal vez, ensimismado en la divagación mental que siempre me absorbe y me hace fiel seguidor de mi curiosidad ineludible, pesada y a veces, venenosa. Me ha llevado a los confines del mundo, al menos, este pequeño mundo encerrado entre montañas. Esa curiosidad me ha llevado a recovecos perdidos de la ciudad, hundiendome a veces en los vientos de los mejores lugares y el sudor de la frente, cayendo al concreto en las aceras de aquellos lugares que nos hacen huir. Con toda esa curiosidad pude haber escrito mil cosas, pero su exacerbante manía de encontrar interesante cualquier cosa, sólo me hace arrepentir de no haberlo escrito todo. Como dice un profesor, amigo y casi mentor del silencio, lo que no está escrito no existe y lo que no tiene un punto final, seguirá haciendo ruido.