domingo, 21 de agosto de 2016

Las voces del pasado

Cuando era niño, solía preguntarme mucho por cómo se veían las cosas desde las alturas; todo se veía tan claro, limpio, azul, esponjoso. Siempre había sido una paradoja lo que más allá de las nubes aguardaba en el día y la noche, los misterios más profundos, tal vez, se me ocurrían pero no sabía bien lo que pasaba por mi cabeza, al final, estaba muy pequeño. Entre juegos y aventuras, un día cualquiera mis amigos empezaron a tomar como costumbre jugar partidos de fútbol en una calle cerrada justo perpendicular a nuestra cuadra y como en las noche no había nada, solían parquear grandes camiones y cualquier otro tipo de carros, nada fuera de lo común. Uno de esos días, todos los niños y yo en busca de un partido en la calle valdía hallamos no una cancha, sino un camión enorme de estacas y carpa; bastante apetitoso para escalar. O eso creí según veía al resto de mis amigos subirse sin aparente problema, por eso los seguí: puse un pie en la primera ranura de la puerta de estacas de aquel camión de tanta envergadura que desde el mundo de pocos centímetros de un niño, resultaba casi una ballena blanca en movimiento a través de un huracán. No llovía, y el viento soplaba cálido, ya mi pie iba, no sé, en el quinto o sexto peldaño y debido a mis pocos centímetros, el suelo a cada peldaño se hacía más y más profundo hacia abajo, como de mil kilómetros de caída y hacia arriba, se podía ver la nieve en las alturas o esa, al menos, parecía la metáfora adecuada. Ya muy cerca del techo, donde el resto de niños divisaba la pista del aeropuerto, y yo, bueno, perplejo por la idea de poder ver los aviones desde tal altura y el cielo, el pie desistió de su misión y me tumbo en un soplo al piso, y justo como los aviones, aterricé, en el pico de una roca que por coincidencia fue puesta ahí por el destino. Me abrí la cabeza y chorros de sangre salían de mi pequeño cuerpo, el resto de niños ensimismados seguro no sabían que uno tenía tanta sangre y que se veía así. Apretar la herida. Correr. Buscar un hospital. Salvarse. Debí escuchar la voz de alerta que tal vez sonó en mi cabeza, y al final silenció la sangre.

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