domingo, 21 de agosto de 2016

Palabras ausentes

Un día, subí a un bus y era una mañana como las otras, serena, con el sol clavado sobre el oriente matizando la mañana de colores vistosos y claros. El bus también era como los otros, un busero que no me dirigió la mirada ni respondió mi saludo y de memoria dactilar supo cuál era mi billete y de dónde sacar la moneda para entregar la devuelta. Dentro del bus, todas las personas estaban perdidas en pequeños fragmentos de sus realidades y cotidianidades. Todos disfrutaban o padecían el día que apenas comenzaba. Caminé el pasillo y me senté en la última fila, justo al lado de la ventana y con ella abierta, sólo podía cerrar los ojos y disfrutar del soplido y el silbido que arrojaba el viento medellinense sobre las cuencas de mis orejas. Algunas paradas y más y más pasajeros. Menos y menos pasajeros, las caras se transformaban y eran intermitentes. Justo en la 33 con la 65, una señorita de pelo castaño oscuro y unos ojos cafés claros espectaculares, hicieron que el chofer no estuviese más concentrado en la vía y casi lo hubiera hecho subir al andén para subirla en su bus. Primer escalón de la puerta de adelante y sólo puedo ver su cabello que se levanta con el viento que provoca el bus a medida que vuelve a retomar su velocidad de crucero. Segundo peldaño y ya puedo ver sus ojos puestos sobre los míos a través de unas gafas color ámbar, redondas y de lente transparente, repite la misma rutina que yo: la moneda, ver las personas que pronto ya no estarían en el bus, caminar a la última fila y sentarse. Justo a mi lado. Huele como a coco con vainilla, una mezcla compleja de olores seductores que me permiten ir de un lado a otro sin siquiera moverme y pienso que una simple palabra podría darle impulso a todo; un beso, un saludo, una conversación, una mirada con los ojos cerrados y las manos tomadas. No sé, pero había que decirle algo, era mi oportunidad.... Las palabras se ausentaron y me hicieron bajar del bus temblando, no le dije nada. Las palabras se dejaron resolver por los miedos...

1 comentario:

  1. Tal vez, creo yo, que en los momentos donde tenemos la oportunidad de " cambiar nuestro destino", nos da miedo hablar, no tanto el hecho de hablar sino mas bien el hecho de que el otro, ese de nuestro interés, no nos escuche. Excelente relato.( como siempre).

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